Ayer me convencí de haber sido parte de una secta argentina. Bailaba abrazado a las milongueras, tomaba con naturalidad el mate y respiraba a las Europas como a mis hermanas. De argentino pasé a ser chino, y desaparecí en y por el bien de mi pueblo a la lucha por la liberación pacífica del Tibet, para formar una nación imperio de Asia. Y volé y caí en México, presa de la discriminación indígena y sin embargo de corazón tan sabroso. Finalmente regresé a mi cuerpo, y lo noté blanco, sin bandera al centro ni a los lados, con un par de cadenas que me permiten volar. Las llamo “sociedad” y “humanidad”, son bellas en verdad, las más bellas ataduras a las que un cuerpo se amarra para crecer. Me impiden salir de la carne, pero me acompañan a probarla.
lunes, 4 de mayo de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario